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Cada pocos días, un telescopio instalado en Chile fotografiará buena parte del cielo austral. Lo que viene después, clasificar, detectar, comparar, analizar, ya no puede depender solo de ojos humanos.
Pensemos en esto: el Observatorio Vera C. Rubin, ubicado en las montañas de Chile, está diseñado para capturar imágenes del cielo durante una década. El resultado será una cantidad de datos tan grande que ningún equipo de astrónomos, por más cafeinado que esté, podría procesarla a mano en varias vidas.
Ahí es donde entra la inteligencia artificial. No como chatbot que escribe poemas ni como generador de imágenes de gatitos astronautas, sino como herramienta científica capaz de clasificar galaxias, detectar fenómenos celestes, analizar patrones de luz y organizar bases de datos que, de otro modo, serían simplemente inmanejables.
Eso fue precisamente lo que explicó el Dr. Juan Carlos Cuevas Tello, coordinador de Investigación del Centro de Investigación y Estudios de Posgrado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, durante la conferencia “Inteligencia Artificial en la Astrofísica”, presentada en el marco de la XXVI Semana del Instituto de Investigación en Comunicación Óptica.
El telescopio que necesita algoritmos para funcionar
El Observatorio Vera C. Rubin no es un telescopio cualquiera. Construido por la National Science Foundation y el Departamento de Energía de Estados Unidos, forma parte de uno de los proyectos astronómicos más ambiciosos de la actualidad: el Legacy Survey of Space and Time, un registro sistemático del universo, imagen por imagen, noche tras noche.
El reto es elegante y brutal al mismo tiempo: esas imágenes llegan por millones. Para procesarlas, clasificarlas y encontrar en ellas lo que vale la pena estudiar, se necesitan algoritmos de inteligencia artificial entrenados para leer el lenguaje del cosmos.
Ese trabajo se desarrolla, entre otras rutas, desde el consorcio LSST México, integrado por instituciones de investigación como el Instituto de Astronomía de la UNAM y vinculado al análisis de información generada por el Observatorio Rubin. San Luis Potosí, a través de la UASLP, también participa en esa conversación científica.
Lo que la IA hace que los humanos no pueden hacer solos
Cuevas Tello detalló algunas de las aplicaciones concretas que la inteligencia artificial ya tiene en la astrofísica: clasificación automatizada de fotografías astronómicas, reconocimiento de patrones, análisis de curvas de luz, detección de fenómenos celestes y organización eficiente de bases de datos científicas de gran escala.
Las curvas de luz, también conocidas como series de tiempo, registran las variaciones de brillo de un objeto celeste a lo largo del tiempo. En esa especie de pulso luminoso puede esconderse información clave: si una estrella tiene planetas, si está por explotar, si algo pasó frente a ella o si, simplemente, hay algo raro ocurriendo allá arriba.
La inteligencia artificial permite revisar esas señales a una velocidad y escala imposibles para una persona. Puede separar ruido de información útil, detectar cambios mínimos y encontrar patrones que no siempre son evidentes a simple vista.
Todo esto no reemplaza al astrónomo. Lo libera para hacer la parte que la máquina no puede: interpretar, formular preguntas, cruzar hipótesis y, de vez en cuando, equivocarse con creatividad.
Una aclaración que vale la pena leer
Durante su conferencia, el Dr. Cuevas Tello también hizo una advertencia necesaria: usar ChatGPT no convierte a nadie en especialista en inteligencia artificial.
Las herramientas de uso cotidiano son aplicaciones construidas sobre modelos de IA, pero no son la disciplina completa. Desarrollar inteligencia artificial de manera seria requiere formación en matemáticas, computación, programación y diseño de algoritmos. La diferencia es más o menos la misma que hay entre manejar un auto y saber construir el motor.
El mensaje para estudiantes y docentes fue claro: acercarse a estas tecnologías con rigor, trabajar de manera interdisciplinaria y desconfiar un poco cada vez que alguien use el término “inteligencia artificial” solo para sonar moderno.
Porque sí: la IA abre posibilidades enormes. Pero también se ha convertido en una etiqueta que a veces se pega sobre cualquier cosa para venderla mejor.
Por qué importa desde San Luis Potosí
Las aplicaciones de esta tecnología no se quedan en el cielo. El mismo Dr. Cuevas Tello trabaja también en bioinformática aplicada a las ciencias de la salud, un campo donde los algoritmos ayudan a analizar información compleja, reconocer patrones y abrir nuevas rutas de investigación.
Los modelos que aprenden a clasificar objetos astronómicos son parientes cercanos de los que pueden ayudar a detectar anomalías en estudios médicos, optimizar procesos industriales o analizar grandes volúmenes de información científica.
La astrofísica, paradójicamente, funciona como uno de los mejores laboratorios para desarrollar inteligencia artificial que después puede aterrizar en problemas mucho más cotidianos. El universo como campo de entrenamiento.
El Observatorio Vera C. Rubin ya mostró al mundo sus primeras imágenes y prepara una década de observación que producirá una avalancha de datos. Frente a eso, la pregunta no es si la inteligencia artificial cambiará la forma en que entendemos el universo.
La pregunta es cuánto del universo podremos entender gracias a ella.
