Quizá el famoso “potosinazo” dice menos de la mala educación potosina y más de una ciudad que todavía no termina de entender su propio crecimiento.
Opinión SondaRed · San Luis Potosí · Mayo 2026
En San Luis Potosí, una tragedia social puede durar menos de tres segundos.
Ocurre así: caminas por Carranza, por el Centro, por una plaza, por el súper o por un pasillo de oficina. Ves a alguien conocido. No íntimo, no necesariamente querido, pero sí conocido. Alguien con quien alguna vez cruzaste palabra, saludo, deuda emocional o chisme compartido.
Preparas la ceja, acomodas la sonrisa, calculas el “qué onda” y, justo cuando llega el momento solemne de civilización potosina, la otra persona mira el celular, cambia la vista, acelera el paso o descubre una repentina fascinación por una pared.
Ahí nace el diagnóstico:
“Me aplicó el potosinazo.”
Sin choque, sin gritos, sin insultos. Solo un saludo que no llegó. Pero en San Luis eso puede bastar para abrir carpeta de investigación, reconstruir los hechos, llamar a dos amistades y concluir, con gravedad de crisis regional, que “así son los potosinos”. Obviamente, menos uno.
El arte local de no saludar
El potosinazo, según la tradición oral de banqueta, consiste en evitar el saludo con técnica, sangre fría y sentido escénico. Puede incluir mirar el celular, fingir que no se vio a la persona, cruzar la calle, contestar una llamada inexistente o concentrarse con intensidad filosófica en el aparador de una tienda cerrada.
Y claro que hay potosinazos reales. No nos hagamos.
Hay gente que te ve, te reconoce y decide borrarte del mapa con precisión quirúrgica. Eso no es distracción ni cansancio. Es un mensaje. Una forma pequeña de desprecio social. No enorme, no para hacer telenovela, pero sí suficiente para que uno entienda que la cordialidad también tiene sus muros.
Pero no todo saludo fallido es agresión.
A veces la otra persona iba distraída. A veces trae prisa. A veces no te vio. A veces no te recuerda. A veces sí te vio, pero no quiere convivir. Y también tiene derecho. Porque una cosa es la cortesía y otra muy distinta es creer que todo conocido nos debe reconocimiento público cada vez que cruzamos la banqueta.
Dicho de otro modo: para saludar basta uno, pero para sentirse ignorado a veces basta el ego.
Ciudad en crecimiento, sensibilidad de plaza pública
El potosinazo pega porque San Luis vive en una contradicción muy suya.
Queremos presumir vida de ciudad: industria, tráfico, fraccionamientos, cafés bonitos, zonas de oficinas, plazas llenas, eventos, vialidades saturadas, colonias que ya parecen otro municipio y una capital que cada vez se mueve más rápido.
Pero al mismo tiempo seguimos esperando que la calle funcione como plaza principal.
Si me conoce, me tiene que saludar. Si me vio, me tiene que registrar. Si compartimos generación, escuela, oficina, colonia o una fiesta de 2014, mínimo debe hacer contacto visual. No pedimos mucho: solo una señal de que seguimos existiendo en el archivo social del otro.
Y ahí está el choque.
En comunidades pequeñas, saludar sostiene el tejido social. Es reconocimiento, cuidado y pertenencia. Saludar no es atraso. Saludar no es “de rancho”. Saludar es una de las formas más simples de decir: “te veo, compartimos espacio, no eres invisible”.
El problema no es saludar. Tampoco es dejar de hacerlo.
El problema es convertir cada silencio ajeno en juicio moral, diagnóstico regional y tema de sobremesa para tres generaciones.
San Luis no inventó el no saludo. Inventó la queja con gentilicio.
No somos únicos, nomás somos más dramáticos
La fama de ciudad fría no es exclusiva de San Luis. En Saltillo también se ha discutido públicamente si la gente saluda o no da los buenos días, al grado de que el tema ha llegado a medios locales a partir de videos y debates en redes sociales. Es decir: el norte también tiene sus propios expedientes de banqueta.
En Seattle existe incluso el famoso “Seattle Freeze”, una idea cultural según la cual la gente puede ser amable en la superficie, pero distante para construir vínculos más profundos. Algunos estudios han señalado que creer en ese estereotipo puede afectar la percepción de calidez hacia sus habitantes y la disposición a crear nuevas conexiones.
Traducido al potosino: si repites durante años que tu ciudad es cerrada, sangrona y difícil, luego no te quejes de que te crean.
También está la tentación del falso europeísmo potosino. Porque siempre aparece alguien dispuesto a decir que en otros países la gente es más reservada, más discreta, más de “cada quien en lo suyo”. Y sí: en lugares como Finlandia se valora mucho la privacidad, el espacio personal y una forma de convivencia más sobria.
Pero cuidado: Europa no es una sola sala silenciosa llena de gente mirando al piso. En Francia, por ejemplo, decir “bonjour” al entrar a una tienda o iniciar una interacción cotidiana es una norma básica de cortesía.
Así que no: el potosinazo no nos hace europeos. A lo mucho nos hace urbanos con culpa provinciana.
Si no saludar fuera señal de sofisticación internacional, San Luis ya estaría pidiendo visa Schengen desde Carranza.
Entonces, ¿hay que saludar o no?
La respuesta aburrida sería: depende.
La respuesta potosina sería: sí, pero tampoco haga drama.
Saludar sigue siendo un gesto mínimo de convivencia. Una ciudad donde nadie se mira, nadie se reconoce y nadie se concede un buenos días tampoco es precisamente un triunfo de modernidad. La frialdad no es progreso. La indiferencia no es urbanismo. Y la grosería no se vuelve elegante solo porque uno traiga prisa.
Pero también hay que aceptar algo: crecer como ciudad implica convivir con más distancia.
No todo conocido es amigo. No todo cruce exige ceremonia. No toda mirada esquiva es una ofensa. Y no toda persona que no saluda participa en una conspiración regional contra nuestra autoestima.
Quizá el potosinazo nos duele porque toca algo más profundo: la nostalgia de una ciudad donde todos se ubicaban, todos se saludaban y todos sabían quién era quién. Pero San Luis ya no es exactamente eso. Tampoco es una gran metrópoli anónima. Está en medio. Como tantas cosas aquí: creciendo, pero resistiéndose; modernizándose, pero volteando al pasado; queriendo ser ciudad, pero todavía pidiendo trato de plaza pública.
Por eso el potosinazo funciona tan bien como chiste local: porque exagera algo real.
Sí hay gente sangrona. Sí hay gente que ignora con dolo. Sí hay quienes saludan dependiendo del cargo, el apellido, la conveniencia o el nivel de reflector. Pero también hay mucho ego herido disfrazado de defensa de los buenos modales.
Y ahí está la mejor parte del fenómeno: el potosinazo necesita dos. Uno que no saluda y otro que convierte el silencio en agravio histórico.
Al final, tal vez no se trata de dejar de saludar. Se trata de no convertir cada saludo fallido en tragedia.
Porque saludar es comunidad. Pero hacer carpeta de investigación porque alguien no dijo buenos días… eso sí ya es muy San Luis.
