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Durante décadas, las Momias de Guanajuato han sido una de esas atracciones que México presume con una mezcla rara de orgullo, morbo y postal turística. Están en playeras, folletos, excursiones escolares, videos de turistas y vitrinas donde miles de personas las miran cada año como si fueran personajes de una película de terror.
Pero no son personajes. Fueron personas.
Y esa es justo la advertencia que especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia intentan poner sobre la mesa: las Momias de Guanajuato presentan un deterioro progresivo que, si no se atiende con seriedad, podría volverse irreversible.
Un equipo de antropólogos físicos del INAH presentó los resultados de una investigación de cuatro años sobre más de cien cuerpos momificados. El diagnóstico no es menor: desprendimientos de piel, pérdidas dentales, erosiones por fricción, manchas, traumatismos y daños asociados tanto al paso del tiempo como a décadas de manipulación, exhibición inadecuada y traslados fuera de su recinto original.
La conferencia llevó un título que lo dice casi todo: “Ni monstruos ni objetos. Historias de vida de las Momias de Guanajuato”. Y sí, hacía falta decirlo así de claro, porque durante años el relato público alrededor de las momias ha tenido más de casa del susto que de patrimonio cultural.
El problema no es que envejezcan; es cómo las han tratado
El deterioro de las momias no se explica únicamente por el tiempo. También pesa la forma en que han sido exhibidas, movidas y utilizadas como atractivo turístico.
Uno de los episodios más señalados ocurrió cuando varias momias fueron trasladadas al Tianguis Turístico en la Ciudad de México para promocionar Guanajuato. De acuerdo con reportes retomados en el análisis, los cuerpos habrían regresado con daños adicionales. Y ahí está el punto incómodo: no se trata de piezas decorativas que se pueden subir, bajar, montar y desmontar como stand de feria.
Los especialistas han insistido en que cualquier movimiento requiere protocolos estrictos. En estos cuerpos siempre habrá microorganismos, por lo que se necesitan revisiones periódicas, fumigantes adecuados y condiciones de conservación muy específicas. El problema es que, según los propios investigadores, esos cuidados no siempre se han respetado.
También hay un vacío de fondo: la conservación de cuerpos momificados no cuenta con un manual simple y universal. Cada cuerpo tiene una historia distinta, un deterioro distinto y necesidades particulares. Por eso el equipo del INAH elaboró cédulas individualizadas para registrar el estado de cada momia y proponer medidas concretas.
Entre las recomendaciones están actualizar protocolos de conservación preventiva, evitar traslados fuera del recinto, renovar la museografía con información científica, reforzar su protección legal y eliminar apodos irrespetuosos que convierten a personas fallecidas en personajes de feria.
Un primer cambio ya se aplicó: colocar los cuerpos en posición horizontal. Pero los especialistas han sido claros: eso apenas es el inicio.
Personas, no souvenir macabro
El punto más importante del estudio no es técnico, sino ético.
Las Momias de Guanajuato no son monstruos, no son objetos y no son utilería para vender boletos. Son restos humanos. Personas que tuvieron enfermedades, historias, dolores, vínculos, nombres y contextos.
Los investigadores han documentado casos específicos que permiten conocer condiciones de vida, enfermedades y hasta posibles situaciones de violencia sufridas por algunas personas antes de morir. Esa información debería servir para contar mejor sus historias, no para adornarlas con leyendas inventadas.
Uno de los ejemplos más claros es el llamado a dejar de usar sobrenombres como “La Bruja” para referirse a una mujer identificada como Carmen. El cambio puede parecer pequeño, pero revela el problema completo: durante años se les ha tratado más como personajes macabros que como patrimonio humano.
También se aclaró otro mito popular: los gestos de algunas momias, que muchas veces se interpretan como señales de desesperación o entierro en vida, corresponden a procesos naturales de descomposición y prácticas funerarias de su época. O sea: no todo necesita leyenda de terror para ser importante. A veces la verdad ya es suficientemente poderosa.
El fondo del asunto es simple y brutal: las Momias de Guanajuato generan turismo, dinero y fama. Pero el patrimonio no se conserva con boletos vendidos ni con souvenirs. Se conserva con protocolos, presupuesto, investigación y respeto.
La pregunta que queda para las autoridades de Guanajuato es incómoda, pero necesaria: ¿quieren proteger las momias como patrimonio cultural o seguir exprimiéndolas como espectáculo hasta que ya no quede nada que mostrar?
