📍 Ciencia | SondaRed
No, el asteroide no cayó en Rayón. Pero una investigación de la UASLP documentó que en ese municipio potosino quedaron rastros del impacto de Chicxulub, el evento que hace 66 millones de años cambió la historia del planeta.
San Luis Potosí no siempre fue tierra firme, cerros, carreteras y calorón de mayo. Hace millones de años, una parte de este territorio estaba cubierta por el mar. Y en lo que hoy es Rayón, investigadores de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí documentaron evidencia geológica vinculada con uno de los momentos más brutales de la historia de la Tierra: el impacto del asteroide asociado con la extinción masiva del límite Cretácico-Paleógeno, hace aproximadamente 66 millones de años.
El hallazgo no significa que el asteroide haya caído en San Luis. El impacto ocurrió en Chicxulub, en la península de Yucatán. Lo relevante es otra cosa: parte de las consecuencias de aquel evento quedaron registradas en rocas, fósiles y sedimentos del territorio potosino. Es decir, San Luis no fue el centro del golpe, pero sí conserva una cicatriz de aquel desastre planetario.
La investigación fue publicada en la revista científica PLOS ONE bajo el título Unraveling the Cretaceous-Paleogene boundary event across the Gulf of Mexico—High-resolution Rayon reef section, Valles-San Luis Potosi platform, Mexico. El estudio fue firmado por Roberto Bartali, Jaime Urrutia-Fucugauchi, José Ramón Torres-Hernández, Ligia Pérez-Cruz y Rosa Lina Tovar-Tovar, y fue publicado el 22 de abril de 2026.
Rayón, cuando San Luis era mar
El estudio analiza una sección arrecifal en Rayón, dentro de la plataforma Valles-San Luis Potosí. De acuerdo con el artículo científico, esa zona conserva un registro de alta resolución del impacto de Chicxulub a unos mil 50 kilómetros del sitio donde cayó el asteroide.
Dicho en cristiano: donde hoy vemos territorio potosino, antes había un ambiente marino con organismos como corales, conchas y otros restos de vida arrecifal. Tras el impacto, materiales expulsados por la colisión viajaron enormes distancias y quedaron depositados en distintas regiones alrededor del Golfo de México. Rayón, por sus condiciones geológicas, habría conservado parte de ese registro.
El artículo describe una capa de arcilla negra con indicadores asociados al impacto, como cuarzo de choque, esférulas vítreas, partículas metálicas, cristales de yeso y elementos del grupo del platino, entre ellos iridio, osmio y paladio. También reporta corales y conchas con esférulas incrustadas, lo que ayuda a reconstruir la secuencia de lo ocurrido en aquel entorno marino.
Y sí: suena a ciencia dura, porque lo es. Pero el fondo se entiende fácil. Rayón conserva pistas de un momento en el que la Tierra recibió un golpe tan grande que alteró ecosistemas, clima, océanos y cadenas de vida completas.
Una historia local del fin del mundo
La importancia del hallazgo está en que permite mirar el impacto de Chicxulub no solo desde Yucatán, sino desde sus efectos regionales. La UNAM también destacó que San Luis Potosí se ha convertido en una pieza clave para comprender los efectos inmediatos y regionales del impacto, a partir del registro sedimentario de la plataforma de Valles.
El trabajo científico ayuda a reconstruir qué ocurrió antes, durante y después del límite Cretácico-Paleógeno. En ese punto se marca una de las grandes extinciones masivas del planeta, famosa porque acabó con los dinosaurios no aviares, pero que también afectó a una enorme cantidad de especies marinas y terrestres.
La imagen es poderosa: un San Luis cubierto por el mar, corales recibiendo partículas ardientes o materiales derivados del impacto, capas de sedimento guardando durante millones de años una memoria que ahora puede leerse con microscopios, análisis químicos y geología.
No es poca cosa. A veces San Luis presume cantera, historia virreinal, tunas, enchiladas y tráfico en la 57. Pero también tiene algo más antiguo y más raro: un pedazo de la historia del día en que el planeta cambió para siempre.
Y eso, francamente, no se encuentra en cualquier municipio.
Fuente: UASLP / estudio publicado en PLOS ONE.
