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En la madrugada del lunes 19 de julio de 1599, una anciana indígena fue llevada en carreta descubierta por el camino entre San Luis y Tlaxcala. La acompañaban cuatro jinetes, dos guardias con casco y don Gabriel Ortiz de Fuenmayor al frente, vestido con telas de la Península. A los lados, una multitud mezclada —tarascos, tlaxcaltecas, otomíes, pames, guachichiles— gritaba en sus propias lenguas: algunos pedían que la colgaran, otros que la liberaran. Los españoles escuchaban ese clamor como ruido sin significado, como una enfermedad que había que cortar de tajo.
Ella llegó a la horca en ayunas. No había querido comer desde que dictaron la sentencia. Solo aceptó un trago de mezcal con hojasén que le pasó Guaxcamá cuando se conoció el fallo. Fray Diego Granados la instaba al arrepentimiento, crucifijo en alto. Ella no le hizo caso. Antes de que la colgaran, les gritó a los que la rodeaban: “Al dios de los blancos, recuerden, que lo mataron con un juicio igual de injusto… Ese Dios pidió perdonar a los que lo mataron porque no sabían lo que hacían, pero para mí la ignorancia no es pretexto. Me dan lástima, coraje, ternura casi… Bola de agachones, espero que algún día se les quite.”
Ni siquiera se registró su nombre. No había sido bautizada. El expediente colonial la llamó, simplemente, “la bruja guachichil”.
Una mujer sin nombre en un expediente con condena
Cuatro siglos después, ese mismo documento se convierte en punto de partida para releer la historia de San Luis Potosí desde otro lugar. Las visiones de una bruja Guachichil en 1599. Hacia una perspectiva indígena sobre la conquista de San Luis Potosí, de la autora Ruth Behar y editado por El Colegio de San Luis, se presentó esta semana en el Congreso del Estado en el marco de un foro académico organizado por el Instituto de Investigación y Evaluación Legislativa. La fecha no es casual: el acto forma parte de las primeras conmemoraciones del Día Estatal del Pueblo Guachichil, declarado por el Poder Legislativo el 19 de julio —la misma fecha en que la ejecutaron.
El expediente original fue publicado íntegramente en Documentos sobre el capitán y justicia mayor Gabriel Ortiz de Fuenmayor, de José Ignacio Urquiola Permisan, editado también por El Colegio de San Luis en 2004. En esas páginas se acumulan testimonios de españoles, tarascos, guachichiles y tlaxcaltecas. Apariciones, transformaciones, muertes sin motivo aparente. Solo ella, según consigna la investigación de Jaime Nigó, “parece creer en que todo era para bien”.
Quién era y qué hizo
Era una de las últimas guachichiles que se negaron a ceder. Chamana y líder espiritual, conocía la herbolaria, el uso ritual del peyote y, según la memoria oral, podía transformarse en venado o coyote y hablar con árboles, plantas y animales. En la cosmovisión indígena esas capacidades describían a alguien con acceso a dimensiones del mundo que los demás no alcanzaban. En el vocabulario colonial se traducían, directamente, como brujería.
San Luis Potosí se había fundado apenas siete años antes, en 1592, sobre un territorio guachichil al que en 1591 el Virrey Luis de Velasco había mandado trasladar 400 familias tlaxcaltecas para colonizar y “civilizar” la región. La ciudad era nueva y frágil. La tensión, permanente.
Un domingo 18 de julio de 1599, ni guachichiles ni tlaxcaltecas fueron a misa. Ella los había convencido de ir a la iglesia —pero no a escuchar al sacerdote, sino a destruir las imágenes y los adornos religiosos. Después, les dijo, deberían marchar a San Luis a enfrentar a los invasores. Prometió vida eterna a quienes lo hicieran. Le creyeron: tenía fama de resucitar muertos. La rebelión del barrio de Tlaxcala duró lo que tardó don Gabriel Ortiz de Fuenmayor en montar a caballo y llegar al lugar. La arrestó él mismo, de los cabellos, según cuenta la leyenda, disimulando con la mano el signo de la cruz que no podía evitar hacer.
La acusación formal fue doble: hechicería y el asesinato de un indio aliado de los españoles con una espina de maguey. El abogado defensor intentó argumentar que estaba borracha. Incluso su propio esposo declaró que se transformaba en nahual. Ese mismo día fue juzgada. Al amanecer del día siguiente, la ahorcaron junto a un mezquite —árbol que, según el archivo histórico del Estado, desapareció siglos después sin dejar rastro.
Lo que el libro propone: corregir la lectura
La mujer del expediente no es una figura folclórica. La doctora Tania Libertad Zapata, una de las académicas que participó en el foro, fue directa al respecto: se trata de “una expresión extrema de resistencia espiritual, política y cultural frente al avance colonial”. La doctora María del Rosario Hernández Ramírez, del Colegio de San Luis, coincidió: no puede leerse únicamente como anomalía peligrosa que el orden colonial neutralizó. Era, antes que nada, una líder.
Las comillas en “bruja guachichil” no son ornamento: son la distancia crítica necesaria frente a una categoría que el poder colonial usó para criminalizar lo que no podía controlar. Nombrarla bruja era una condena jurídica y una estrategia de deslegitimación al mismo tiempo: borraba el liderazgo, la autoridad espiritual y la organización política, y dejaba solo la imagen de una amenaza que debía ser eliminada.
El libro de Behar recupera el expediente para invertir esa operación: leer entre líneas lo que el documento no quiso decir.
Un pueblo con territorio y memoria propios
El pueblo guachichil tuvo presencia en San Luis Potosí, Aguascalientes, Zacatecas, Coahuila, Nuevo León y parte de Guanajuato. En suelo potosino ocupó el Altiplano, la Sierra de Álvarez, el valle de San Francisco y la región centro. Su existencia está documentada desde el siglo XVI y su historia ha sido reducida con frecuencia a la narrativa de los “pueblos bárbaros” de la Gran Chichimeca, una reducción que el libro desmonta y que el Congreso del Estado busca también corregir desde lo institucional.
El diputado Carlos Arreola Mallol, director del Instituto de Investigaciones Legislativas, enmarcó la presentación como apertura de un ciclo más amplio: festivales, rituales y ceremonias acompañarán la primera celebración formal del 19 de julio. Juan Eduardo Reyna Ortiz “Axolohua”, promovente del Día Estatal, cerró el foro con una exigencia sencilla: mantener abiertos estos espacios, no como gesto simbólico, sino como condición para que las contribuciones del pueblo guachichil ocupen el lugar que les corresponde en la memoria potosina.
El relato colonial de la fundación de esta ciudad tiene una versión dominante. En esa versión, la anciana del barrio de Tlaxcala es una amenaza que el orden español neutralizó en pocas horas. Este libro propone que hay otra forma de leer el mismo expediente: como el testimonio de alguien que, frente a la invasión, eligió no ceder —y que murió, sin nombre registrado, diciéndoles a sus verdugos que la ignorancia no era pretexto.
Porque a veces la historia no empieza cuando el archivo habla. Empieza cuando alguien se atreve a preguntarle qué quiso ocultar.
